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La historia de la
humanidad ofrece datos generosos en materia de injusticias.
A lo largo de la línea del tiempo y de la vasta geografía
del planeta, nos topamos a menudo con ejemplos que nos hacen
dudar que hayamos sido creados a imagen de un Dios
misericordioso o que nuestra naturaleza tenga como rasgo
primigenio, la bondad.
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La insanía de
la acumulación de poder; el voraz apetito por
ensanchar contornos; la desesperada necesidad por
embestir líneas que pretendían mantener en buenos
términos una civilizada vecindad; el demencial
convencimiento de que hay razas superiores a las que
les está permitido deglutir sin culpa a las que en
su consideración, no ocupan igual renglón. La
afrenta más burda y bochornosa a la palabra
libertad: la libertad de oprimir que se adjudican
los dominadores. Toda esa perversa
mezcla nos ha entregado decenas de ejemplos de pueblos
diezmados, ultrajados, oprimidos. |
Tíbet es un ejemplo más de todos los que revisten en el
triste catálogo de esos pueblos sometidos. Desde hace más de
cincuenta años cuando lo invadió, China está haciendo
ingentes esfuerzos para lograr que una de las culturas más
ricas y antiguas de la Tierra, desaparezca de su faz. Qué
posibilidad de expresión les queda a los tibetanos cuando su
idioma se va extinguiendo inexorablemente porque las
políticas educativas de las autoridades chinas así lo han
dispuesto; cuando el Budismo Tibetano -parte medular de su
cultura- ha sido menoscabado al punto de no poder ser
practicado libremente como lo hicieron durante siglos;
cuando observan que la no violencia por la que han bregado a
pesar de la agresión de la que fueron objeto, los está
conduciendo a su propia desaparición como pueblo.
Seis millones de
tibetanos dentro del Tíbet han perdido la voz.
Juntos por Tíbet es una
voz mínima pero convencida de que la unión de muchas voces
mínimas a lo largo y ancho del mundo puede convertirse en un
estruendo que haciendo eco en los Himalayas se escuche en
cada rincón del planeta:
¡TIBET LIBRE!
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